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Últimamente tengo una extraña sensación. Como si el tiempo se hubiera detenido, como si estuviéramos desde hace unos años en un bucle infinito, en el día de la marmota, en un déjà vu  vivido con anterioridad y con una sensación de calma chicha, como si todo el mundo estuviéramos a la espera de que “algo” pasara, pero ese momento nunca llega. Nada pasa, todo sigue igual.

Absorto en este y otros pensamientos mientras deambulo  por la calle, me doy cuenta de que estoy en ese parque que tanto me gusta frente al ábside de la catedral nueva. Levanto la cabeza y no puedo evitar que en mi cara se esboce una sonrisa: la gárgola está ahí y seguramente ella tenga alguna respuesta a mis cavilaciones. En las iglesias del románico y del gótico, aunque también en las de otras épocas, nos podemos encontrar con una simbología y un conocimiento que transciende al hecho religioso. Los maestros canteros, hombres libres e independientes que se asociaban en gremios para ofrecer su trabajo a la nobleza y al clero, nos dejaron grabado en piedra cantidad de saberes, sucesos, anécdotas etc., en una especie de catecismo pétreo con el que enseñar conocimientos evitando la censura de la Iglesia. Juan Ibarrondo, entre otras muchas cosas, nos habla de esto en su novela Las ruinas de la Catedral Nueva y de esta gárgola que ahora me mira mientras aprieta los dientes y todo su cuerpo en un esfuerzo supremo.

Posiblemente nos encontremos en ese mismo punto en el que se encuentra la gárgola de la catedral nueva. Por un lado tenemos un mundo (el capitalista, el heteropatriarcal) en clara fase de colapso, con un modelo económico neoliberal y biocida, que arrastra a millones de personas en todo el planeta a la desesperación, al hambre y a la violencia.  Por otro, uno nuevo que quiere brotar y que trata de construir ese otro mundo posible,  tan necesario, tan urgente y tan deseado, con otras formas de hacer, de relacionarnos, de pensarnos, de sentirnos,…. El problema es cómo construimos ese otro mundo cuando estamos contaminados hasta la médula de los viejos valores del individualismo, de la competitividad, del ego(-ismo) y cuando muchas veces no tenemos más recursos que el voluntarismo o la desesperación. El sistema capitalista durante los últimos 150 años ha sido quien ha controlado el sistema educativo, el sistema de valores, configurando nuestras creencias y desarrollando un imaginario que ha utilizado como herramienta al servicio de la legitimación del orden social impuesto, utilizándolo como  correa de transmisión de sus intereses y sus necesidades. Estos valores, se encuentran grabados a fuego en nuestro subconsciente, también dentro de las personas y los colectivos que trabajamos por un nuevo modelo, no solo económico y político, si no también relacional. Es por esto que tanto en los grupos como en los individuos aparecen inevitablemente patrones de comportamiento que poco tienen que ver con las nuevas formas que queremos darnos. Así nos encontramos con liderazgos mal entendidos, afán de notoriedad, desconfianzas, medrar a costa de los demás, los celos, la falta de implicación, rivalidades, especialización, etc.

A menudo, no somos conscientes de que reproducimos esos patrones y que casi forman parte de lo más íntimo de nuestro ser. Comportamientos que saltan como un resorte a la menor ocasión y ni siquiera somos capaces de darnos cuenta de ello. Tantos años de educación individualista, de publicidad y medios de comunicación que nos bombardean sobre el culto al individuo, de satisfacer todos y cada uno de nuestros deseos (aunque ni si quiera sean nuestros), del aquí y ahora, de consumismo desenfrenado, etc., que nos pasamos el día mirándonos el ombligo y somos incapaces de ver más allá de esa cicatriz que nos recuerda nuestra vulnerable condición humana.

Muchas veces, estamos demasiado ocupados lamiéndonos las heridas y preocupados por nosotras mismas y lo que nos sucede,  como para darnos cuenta de que a nuestro alrededor hay millones de personas que se encuentran en la misma situación que nosotras. Sentimos que el mundo, las personas que en él habitan o las circunstancias que nos acontecen, son tremendamente injustas y nos encerramos en nosotras mismas protegiéndonos (y tratando de castigar a su vez al resto como autodefensa) de todo aquello cuanto nos rodea. Como si escondiéndonos dentro de nosotras mismas cual avestruces, pudiéramos  resolver lo que generalmente solo existe en el interior de nuestra cabeza. O simplemente, ni se nos ocurre asomarnos a esa ventana por miedo a ver el abismo que tras ella se esconde y miramos para otro lado tratando de mantener la falsa ilusión de nuestro estilo de vida, nuestros viajes sin demasiado sentido a lo largo del mundo, nuestro consumismo en definitiva (no solo de objetos, si no también de personas, de relaciones, de ideas, de nuevas sensaciones y experiencias). Así millones de omphalos ensimismados en su propio dolor, metidos en nuestro mundo  individual, en nuestra cárcel de cristal, con nuestra venda en los ojos, tratamos de acertarle a la piñata en la que intuimos se encuentran alguno de nuestros tesoros más codiciados: lo comunitario, la solidaridad, el apoyo mutuo… No tenemos ni idea de donde está esa piñata o de si nuestro palo será lo suficientemente largo como para acertarla.

Cuando no encerramos en nosotras mismas, en nuestro dolor, tratando de restañar nuestras heridas, nos abandonamos y nos dejamos caer, sin comprender, que tu dolor es mi dolor y que sufro por que tu sufres y que el origen de nuestro sufrimiento es el mismo: es el dolor por el mundo tal y como nos lo enseñó Yoanna Macy y del que hablamos en un taller hace un tiempo.

Nos encontramos en un momento decisivo. Un momento en el que todo es posible, lo mejor y lo peor. Un momento en el que el futuro, más que nunca está en nuestras manos y en lo que seamos capaces de hacer. Un momento para la gente valiente, para no esconderse, para hacer frente a los desafíos y a los retos, para asumir nuestra responsabilidad con nuestra sociedad, con nuestro planeta, con nuestras hijas y con nosotras mismas.

Nos parecemos pues, a la gárgola de la Catedral Nueva, en ese momento crucial en el que necesitamos hacer un esfuerzo supremo para tratar de liberarnos de las cadenas que nos atan a ese viejo mundo. Liberarnos de esas cadenas para no dejarnos arrastrar por ese viejo mundo que agoniza y que amenaza con llevárselo todo consigo. El esfuerzo último antes del alumbramiento de la Vida que se abre camino, tal y como nos lo narra el propio Libertario Barrio en la novela:

Los músculos tensos hasta el límite, el cuello, las piernas, los brazos, el rostro desencajado por el esfuerzo…están  a punto de romper los eslabones más débiles de la cadena, de liberarse de la costumbre castrante, de la esclavitud en su sentido más literal: romper las esclavas del collar de hierro que le atan al pasado eternamente repetido, a la maldición de los hombres y mujeres de todos los tiempos.

La nariz rotunda, las orejas grandes, los ojos bien abiertos, la boca vacía que lanza un grito salvaje…Está a punto de sentir el gozo aéreo de la libertad. De recorrer los espacios reservados a los dioses, pleno de alegría incontenible. Asistimos por tanto a un parto. Pero no es un niño el nacido, es un ser ya adulto, con todos los atributos de la edad: la barba, el vestido… Es por tanto un alumbramiento tardío, demasiado tiempo impedido, retrasado por las cadenas del miedo.

gargola catedral